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Es el lejano 2016 en Durango, la elección para gobernador estaba entre dos: Esteban Villegas, candidato del PRI, y José Aispuro, candidato del PAN.

Era la segunda vez que Aispuro contendía por la gubernatura, seis años antes, en el 2010, se enlistó en Acción Nacional y compitió frente a Jorge Herrera quien le ganó por un estrecho margen. Acusaron fraude, pero nada prosperó, Herrera Caldera fue quien gobernó Durango por seis largos años, al menos la oposición así los sintió; largos, pesados, estresantes.

El sexenio de Herrera Caldera estuvo plagado de corrupción, ese cáncer que lacera a las democracias, es verdad, se podía sentir la corrupción en el aire, fueron años largos y tensos, la tensión producto del mal Gobierno casi se podía palpar si uno agitaba su mano por donde pasaba el aire cálido, característica del clima duranguense.

Había obra, es cierto, pero pocos como sus allegados se enriquecieron tanto y tan cínicamente, también eso es cierto.

La oposición se cansó de señalar la corrupción y lo mal que éramos gobernados por quien usurpó la primera magistratura estatal, pero nadie los escuchaba, y quienes los escuchaba, hacía como que no pasaba nada, ¡qué desesperación!

Pero todo había llegado a su fin, el 2016, con una ciudadanía harta de los mismos, harta de todo lo que apestara a PRI, había decidido darle a Aispuro la revancha, ahora era su turno de demostrar cómo era un gobernador de verdad.

La noche de la elección fue tensa, más tensa aún que el largo sexenio que perecía, todos tenían el temor de un nuevo fraude, pero la tensión era opacada por la alegría y la esperanza, esa semilla que germinó en la ciudadanía, pues nuevos tiempos llegaban a la entidad.

A la mañana siguiente, la gente en la televisión, las computadoras y los celulares, seguí de cerca las actualizaciones del Programa de Resultados Electorales Preliminares; la tendencia era clara, Aispuro sería el nuevo gobernador, ya no había marcha atrás, por fin llegaría a Durango el desarrollo y el crecimiento económico, ya nadie tendría que irse a otros estados para encontrar un buen empleo, aquí, en su tierra, lo encontraría, nadie volvería a sufrir por la corrupción, eso sería un mito del pasado, además, los corruptos, esos que habían lastimado a Durango, serían llevados a la cárcel, ¡claro que sí!, esa fue una promesa de campaña, Durango volvería a ser “la tierra del cine” y el turismo sería una de las principales actividades económicas de la entidad, crecería la infraestructura como nunca se había visto, la riqueza sería para todos, no sólo para unos cuantos, además, no habría aumento de impuestos, y por fin habría un auténtico respeto a la pluralidad de ideas y una verdadera libertad de expresión, no habría chayotes, eso sería también cosa del pasado, los medios y la prensa serían libres, Durango sería el verdadero edén mexicano…

Las líneas precedentes son una fantasía, un mito producto de la imaginación de quien las escribe, no piense usted, amable lector, que esas líneas son un relato fiel de lo que sucedió en 2016, para nada, es más no es ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario.

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