Bancarización en la 4T

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Hace meses que sostengo una tesis como un asidero que nos permita entender los cambios que en el tema económico y político estamos y atestiguaremos en el futuro inmediato. El periodo de transición que se vivió con Ernesto Zedillo, entre 1994 y 2000 es, para mí, lo que más refleja de nuestra historia reciente el “caos” o “curva de aprendizaje” en la que estaremos –al menos- los dos primeros años de gestión de López Obrador.

Es una simple analogía o metáfora al margen del tema de ideologías teóricas como el neoliberalismo; de caricaturas que se nos dibujan como la “Nueva Venezuela”; o de hacer comparaciones simplistas de retroceso hacia tiempos de Echeverría o Lázaro Cárdenas. Nada de lo anterior me parece inteligente.

Es claro que estamos ante un cambio de paradigma en el que “el sistema” claramente optó por López Obrador; y no que AMLO, finalmente, en su tercer intento, derrotara al sistema. Nos ubicamos en una verdadera sacudida estructural de las normas gubernamentales y de las reglas de juego en las que todos habremos de participar. Y lo que está sucediendo –y está por suceder- al seno del sistema bancario es digno de analizarse.

Me parece que los banqueros entienden el momento. Quizás más por resignación que por convencimiento; no obstante, han mostrado apertura y el gobierno un tono de respeto y no confrontación.

Se vienen cambios en la banca mexicana encabezados hoy por Luis Niño de Rivera, vicepresidente de Banco Azteca, un hombre que está en sintonía con la visión del nuevo gobierno: regulación diferenciada y compromiso de atender a grupos y regiones pobres. “Una visión al futuro” fue el título de la Convención del fin de semana pasado. Más que apropiado.

¿Qué podemos decir de la regulación asimétrica? Se revisará la arquitectura legal para asegurar que la regulación no sea un pretexto que frene la oportunidad de cambio en el sistema financiero. Con una regulación diferenciada se podría ampliar la inclusión financiera; es decir, que los servicios de los bancos lleguen a más personas. Por otra parte, esto también significa que los bancos no serán tratados todos con el mismo rasero, porque no todos tienen el mismo tamaño, ni ofrecen los mismos servicios y tampoco garantizan el mismo monto de recursos.

A diferencia de los empresarios del Nuevo Aeropuerto que prefirieron las “fuercitas” con el gobierno, los banqueros son muy institucionales pero también pragmáticos. Más les vale: es un sector que es intensivo en relaciones con gobierno. Representan un negocio multimillonario que depende tanto del mercado como de las decisiones de las autoridades. No se pueden dar el lujo de confrontarse abiertamente, tampoco el de no entender en qué dirección sopla el viento.

Los banqueros reconocen que han quedado a deber en temas como inclusión financiera y atención a regiones marginadas. Saben que son vulnerables en el asunto de las comisiones, porque tienen una asignatura pendiente en la comunicación con la sociedad y con sus propios clientes. Quieren enfatizar que hay un buen diálogo con el gobierno para atender la agenda que AMLO ha puesto: primero los pobres y, también, para avanzar en los temas que el sector financiero está poniendo en la mesa.

Se expresan en términos elogiosos de los funcionarios de la Secretaría de Hacienda y los órganos reguladores, el secretario Carlos Urzúa y algunos altos mandos de Hacienda, Juan Carlos Graf y Carlos Noriega, además del presidente de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, Adalberto Palma. Mención aparte merece el subsecretario Arturo Herrera. Es su puente con la 4T.

Por supuesto que “en corto” los banqueros expresan su temor en temas como la regulación de comisiones y el efecto que podrían tener algunas de las decisiones del nuevo gobierno en el clima de negocios. El aeropuerto, el sector energético y el nuevo escenario laboral-sindical son temas a los que aluden para ilustrar sus preocupaciones, además de la libertad de los legisladores para hacer propuestas que podrían cambiar las reglas del sector financiero.

Sin embargo, entienden que las cosas han cambiado. En la convención se mostraron optimistas aunque “en corto” se les nota más bien resignados. Saben que hay muchas cosas en las que hay que dar vuelta a la página, pero argumentan que no se puede tapar el sol con un dedo. Utilizan la palabra incertidumbre, una y otra vez. Les preocupa, como a todos, la capacidad de implementación de los planes; incluso se hacen las mismas preguntas que nosotros: ¿hay capacidad para ejecutar los grandes planes, sin desbordar los presupuestos? Insisto, son institucionales y son pragmáticos hasta para criticar.

Hoy tenemos a Luis Niño de Rivera, vicepresidente de Banco Azteca, en sintonía con la visión del nuevo gobierno. Habrá cambios impensables hace seis o 12 años: regulación diferenciada y compromiso de atender a grupos y regiones pobres. Afortunadamente, atrás quedó la Convención Bancaria que aplaudía todo lo que decían Videgaray y Peña Nieto.

@leon_alvarez

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