Ruta 2018: El circo y sus enanos…

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La concentración de la riqueza y la creciente identificación, hasta llegar a la fusión, entre las minorías poderosas de la política y la gran empresa son dos de las características de un México que, se supone, empieza a adentrarse en el mundo de la democracia política.

En la ciencia política tradicional se desarrolló un enfoque para examinar la relación Estado-sociedad que solía colocar a aquél en el extremo superior de un espectro de distribución del poder y, en el otro, a la masa ciudadana. Y para explicar la relación entre la poderosa maquinaria política y burocrática estatal y la multitud de individuos aislados, se ponía el acento en el espacio intermedio, ocupado por las organizaciones que servían para unir y mediar entre ambos extremos: los partidos, las ONG, las iglesias, etcétera.

Así, en un sistema democrático, una sociedad civil fuerte se movilizaba para impedir que el Estado avasallara a la sociedad y para que el ciudadano hiciera llegar sus demandas a las instituciones de gobierno y vigilara su cumplimiento. En contraste, en el sistema totalitario el estado impedía la creación de organizaciones ciudadanas independientes y, en cambio, creaba las corporaciones –desde sindicatos hasta clubes deportivos, pasando por empresas–, instituciones educativas, culturales, etcétera, que le servían para controlar y manipular la totalidad de la vida social. En algún punto intermedio, combinando características de los dos modelos básicos, se encontraba el régimen autoritario, similar a ese que dominó en México en el siglo del PRI.

Uno de los grandes intelectuales públicos de nuestra época, Tony Judt, sugiere un cambio en el modelo Estado-sociedad clásico. En un ensayo publicado en 1997 afirma que para entender la situación actual debemos colocar al Estado ya no en la cima del espectro de la distribución del poder, sino apenas en el medio. Y es que a partir del triunfo en la Guerra Fría, del capitalismo global, en muchos países el estado ha perdido tanto terreno que ha sido degradado dentro de la estructura nacional e internacional del poder.

Judt no está cierto del destino final del proceso anterior, pero le ve serias fallas. Admite lo obvio, que el Estado siempre será un mal administrador, pero sostiene que el mercado, sobre todo el global, no es la vía para enfrentar demandas como la salud pública, la educación, la cultura, la protección del medio ambiente, la infraestructura, etcétera. Dejada a su propio arbitrio, la libre circulación de bienes y capitales desemboca en una concentración excesiva de recursos en manos privadas y se convierte en una amenaza a la libertad, a la democracia, a los derechos sociales adquiridos y a la armonía colectiva.

Si finalmente se acepta que el Estado se degrade hasta quedar como una entidad semiimpotente, como pareciera indicar su evolución en México, terminará por ser un problema incluso para quienes se levanten como ganadores del proceso electoral que está en curso.

Durante buena parte del siglo XIX, la sociedad mexicana vivió los efectos de un Estado pobre, inútil y corrupto; repetir en el siglo XXI esa experiencia es inaceptable. En aquel periodo histórico, la debilidad del Estado redundó en el fortalecimiento de los cacicazgos locales, la falta de vigor frente al enemigo externo (EUA), el ascenso del bandidaje y la inseguridad, el deterioro de la infraestructura, la imposibilidad de planear las inversiones de largo plazo, la impotencia de la legalidad, la desconfianza del futuro, la polarización social y, finalmente, la pérdida de la oportunidad histórica de disminuir la distancia que nos separaba de los países que entonces marcaban la dirección y el ritmo del desarrollo.

Hoy ya se dejan sentir sobre el grueso de los mexicanos las desventajas crecientes de ese Estado incapaz de tener un fisco fuerte y de cumplir con su papel de proveedor de servicios públicos de calidad, inepto para poner límites efectivos al crimen organizado, hacer frente con eficiencia a emergencias ambientales y defender el interés de la mayoría, al que los intereses monopólicos de una minoría, que en la práctica “no tiene llenadera” ni visos de autocontrol que nos tiene contra las cuerdas.

Aunque hoy la democracia mexicana realmente lo fuera, aún está lejos de echar raíces. Su desempeño está por debajo de lo esperado y, en el mejor de los casos, se le podría clasificar como una democracia de baja intensidad, débil. Y esa debilidad es doble, por un lado, del estado; y por el otro, del régimen. Lo anterior ha llevado a que en la actualidad ciertos actores no gubernamentales que antes vivían políticamente subordinados sean capaces de actuar muy independientemente, incluso, muy por encima de las estructuras estatales. Ejemplos no faltan: desde grandes empresarios, sindicatos e iglesias, hasta organizaciones criminales.

Cuando lo enanos crecen y manejan el circo, se debe a la inversión de los papeles dominador-dominado. En el México actual ha sido un resultado lógico e inevitable de decisiones políticas que se tomaron hace buen tiempo, combinadas con una alta dosis de irresponsabilidad, incompetencia y corrupción.

@leon_alvarez

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