Si quieres resultados distintos, hazlo diferente…

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“La medida de la inteligencia es la capacidad de cambiar”

Albert Einstein

Después de 71 años del PRI, en 2000 votamos por el cambio. Vicente Fox ganó la presidencia con 43% de la votación, un poco más de seis puntos porcentuales por arriba de Francisco Labastida, el candidato del PRI. Fue una transición difícil, con miedo, ya que no le otorgamos mayorías en las Cámaras. A pesar de que Fox desilusionó, en 2006 volvimos a darle otra oportunidad a su partido, el PAN. En esta ocasión su victoria fue muy apretada y tampoco le dimos la mayoría en el Congreso. El PRI cayó a un tercer lugar con menos del 23% del voto. Pero igual que en el sexenio anterior, el PAN volvió a desilusionar, no pudo resolver los problemas más apremiantes y trajo nuevos.

En 2012, la población votó por la alternancia. No convencido de la propuesta de izquierda, se decidió darle una nueva oportunidad al PRI, que convenció que era un partido renovado, pero con la experiencia para resolver nuestras inquietudes. El PAN quedó relegado a un tercer lugar con 25% del voto. En esta ocasión, el PRI más que desilusionó, causó furor y enojo, y el pueblo respondió con contundencia. Gana AMLO con más del 50% del voto y mayoría legislativa. Su victoria es tan contundente, que queda con una ventaja de 14 puntos porcentuales por arriba de la suma del PAN, PRD y PRI. El PAN termina en segundo lugar, pero con un porcentaje menor al de seis años antes cuando alcanzó el tercer lugar. Meade, el candidato priista (de corazón, aunque quizá no de afiliación) quedó en el olvido, sin ganar un solo estado e incluso, quedando en tercer lugar en la mayoría de las 32 entidades federativas.

En poco menos de cinco meses tendremos un nuevo gobierno, un nuevo estilo de gobernar, una nueva política económica y un sentido social diferente. A pesar del abrumador respaldo que tendrá, hay un buen número de mexicanos, con una marcada ideología de derecha, que expresa miedo, dudas y hasta fobias. Anticipa un desastre, inflación rampante y una política descaminada. En el extremo, tenemos a varios que están convencidos que terminaremos igual o peor que Venezuela. Hay varios que tratan de confundir, alegando que ni siquiera será un gobierno de izquierda. Se equivocan. Más que nada, veo a este segmento de la población confundido.

Obviamente discrepo de estas interpretaciones. De entrada, no hay duda de que el gobierno entrante será de izquierda. Sin embargo, no será una izquierda irresponsable de antaño, que no entiende (o no quiere entender) como funciona el mercado, que emprende una lucha continua contra el sector privado que ve como enemigo. No. Lo veo como un gobierno que entiende la restricción presupuestal, que sabe la importancia de la estabilidad macroeconómica, pero que quiere una política de inclusión y un gasto público eficiente. Habrá propuestas en las que no comulgaré pero difícilmente puedo discrepar de los lineamientos principales: crecimiento económico, mercado interno, disciplina fiscal y priorización y re-direccionamiento del gasto público. Todo ello sin renunciar a los mercados internacionales y al TLCAN, pues somos una economía suficientemente abierta y sólida al mismo tiempo.

Para mí, AMLO ha sido claro. Solo sus detractores no lo quieren ver o entender. En sus discursos y posicionamientos ha dicho: “en materia económica, se respetará la autonomía del Banco de México; el nuevo gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal”. “Vamos a actuar en forma respetuosa y la transición va a ser ordenada, para que se mantenga la estabilidad económica y financiera, que no haya sobresaltos, para que de esta manera podamos sacar adelante a nuestro país.” Esto no solo lo dijo al conocer los resultados de la elección, lo dijo a lo largo de su campaña e incluso antes.

En este contexto, vale la pena analizar: ¿Qué es lo que sí hará distinto?

Definitivamente va a gastar diferente. Va a buscar un gasto más eficiente, más productivo. Es probable que no estaré de acuerdo con algunos de sus programas, inversiones o planes, y hasta habrá matices, como en cada región, municipio y ciudad del país; sin embargo, no puedo estar peleado con un gasto eficiente. En esta columna, en un análisis del sexenio de EPN he sostenido que: “nunca habíamos visto un gobierno gastar tanto sin producir tanto. La ineficiencia creciente del gasto público es casi por sí misma, la tragedia más grande de este sexenio”. La realidad a la que nos enfrentamos necesita que todo esto cambie, y para bien o para mal –esto depende de que sigamos siendo críticos-  tendremos “el cambio”.

Por ejemplo, es absurdo que pinten –antes de que inicie el sexenio oficialmente- la recreación de Imperio Romano con “Prefectos” o “Procónsules” con el anuncio de los Coordinadores de las representaciones federales en los Estados, cuando la exigencia en las entidades es que, del 95% –promedio- de gasto federal del que depende su operación, sea transparentado y re-direccionado hacia proyectos de prioridad estatal.

Preguntas clave: ¿Es defendible el centralismo-opaco-disfuncional con el que operan los actuales Delegados Federales? ¿No son un botín político para el desvío-elusión-control del comportamiento de los Gobernadores? ¿Cuál es el impacto de 30-35 Delegados Federales en el crecimiento económico de las economías locales? ¿Se coordinan con el Gobierno estatal o se bloquean?…

Por lo pronto, lo que está en juego son nuestras regiones, municipios, el país entero. No podemos seguir igual.

@leon_alvarez

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